Con los restos de San Pío llegan a Roma también los de San Leopoldo Mandic, capuchino y confesor

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JUBILEO DE LA MISERICORDIA

SAN MANDIC VIAJARÁ CON PIO

No sólo San Pío. Para el Jubileo de la Misericordia Francisco quiso que también fuesen traídos y exhibidos en Roma, del 3 al 11 de febrero, los restos de otro santo capuchino como el fraile de Pietrelcina y, como él, capaz de dedicar toda una vida a confesar penitentes. Es San Leopoldo Mandic, canonizado 16 de octubre 1983 por San Juan Pablo II.

Pequeño de estatura, sólo 1,40 m y de constitución delgada, Bogdan Mandic se convirtió en Leopoldo en 1884, cuando tomó el hábito franciscano. Desde muy temprana edad quiso ser monje, por lo que frecuentó el ambiente de los Franciscanos Capuchinos de Venecia que, en esa época prestaban servicios en Dalmacia, donde nació 12 de mayo 1866.

En Padua (donde descansa su cuerpo, en el Santuario de la plaza Santa Cruz) Fray Leopoldo llegó por primera vez en la primavera de 1909. No pudo ser misionero, como hubiese querido, porque su deseo era incompatible con su delicado estado de salud y un defecto de pronunciación que le hacía difícil la predicación. Los primeros años en Padua se dedicó a enseñar a los jóvenes frailes capuchinos filosofía y teología: el padre Leopoldo se distingue por su amabilidad y, quizá por eso, repentinamente fue removido. Fue para él una nueva fuente de sufrimientos, pero también el comienzo de la actividad incansable que, en pocos años, llevó a su confesionario un flujo ininterrumpido de personas.

En 1917, en medio de la Primera Guerra Mundial, el padre Leopoldo fue enviado a una especie de exilio interno, al sur de Italia pues era un ciudadano austriaco y, como tal, sufrió las consecuencias de la derrota de Caporetto. Sin embargo, dos años más tarde estaba otra vez en el convento de los capuchinos de la Santa Cruz en Padua, donde retomó su lugar en el confesionario.

A pesar de su timidez todo el mundo quería confesarse con él. Para los que le acusaban de ser “muy indulgente” con los pecadores, les respondía que Cristo crucificado no tenía las mangas.

El confesionario, en definitiva, se convierte en el principal protagonista de la misericordia: “No puede ser cristianismo lo que no está hecho con amor, compasión y misericordia”, solía decir.

Pasó los siguientes 23 años escuchando las confesiones sacramentales y este compromiso socavó su físico, ya afectado por las penitencias, los ayunos y, además, un cáncer de esófago. La muerte lo sorprende el 30 julio de 1942 mientras se preparaba para celebrar la Misa.

Tiziana Lupi

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