Mi Visita a Roma

En la canonización. Natalia Romero y su esposo Jonathan Granados vivieron la Semana Santa de 2014 con gran fervor en la Ciudad Eterna. Para ese entonces, la costarricense tenía casi cuatro meses de embarazo, así que hoy tienen un gran recuerdo familiar.
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ROMA PARA SIEMPRE EN NUESTROS CORAZONES

Natalia Romero, reconocida periodista de nuestro país, estuvo en Roma con su esposo y nos lo cuenta

 

Fue como música para mis oídos, el Santo Padre Juan Pablo II sería canonizado en la fiesta de la Resurrección del 2014. En cuestión de algunas horas ya teníamos todo organizado, iríamos a Roma a pasar Semana Santa y, además, a ser testigos directos de tan hermoso evento.

Faltando dos meses para el viaje me enteré de que además de ir con mi esposo y familiares, se nos uniría Camila, quien ya tenía siete semanas de formarse en mi vientre.

La fecha de partida tan anhelada al fin llegó, el lunes 21 de abril estábamos en Roma. Antes de que diera inicio la Semana Mayor, aprovechamos para visitar algunos santuarios y hermosas catedrales cercanas. Ya sabíamos que debíamos guardar fuerzas para el Santo Viacrucis, y así fue, el Viernes Santo llegamos a los alrededores del Coliseo a eso de las cuatro de la tarde, para ese momento ya había muchísima gente con cobijas y alimentos, buscando la mejor ubicación para tener lo más cercano posible al papa Francisco.

Esas primeras cuatro horas de espera pasaron muy rápido, en medio de cánticos y el rezo del Santo Rosario.

Todos de inmediato nos dimos cuenta en el momento justo en el que llegó el papa Francisco… Solo recordar el bullicio de miles de voces coreando: ‘Papa, Papa, viva el Papa’, se me eriza la piel. Y ahí estaba Francisco, en una loma al frente de una multitud que le expresaba su cariño. Con un largo abrigo blanco y una sencillez tan suya, se hacía presente en medio de la Iglesia para dar inicio al Viacrucis; así compartiríamos todos juntos la solemnidad del Viernes Santo.

 

Una sola voz

Al unísono empezamos a meditar cada estación con un fervor contagiante. En Roma se escuchaba la voz de la Iglesia, de una iglesia viva, una iglesia que recordaba con amor y absoluto respeto, la pasión de Cristo el Salvador.

Finalizada la última estación, esperamos ansiosos la bendición del papa Francisco y de nuevo las voces de los miles de fieles se unieron en un mismo canto: ‘Viva el Papa’.

Solo ese día, solo haber vivido ese momento, ya hacía única, memorable e irrepetible nuestra visita a Roma.

 

Siendo testigos

El otro gran momento lo viviríamos el 26 de abril, día en que seríamos testigos junto con millones de fieles de todas las naciones, de la canonización del Santo Padre Juan Pablo II y Juan XXIII.

Un día antes fuimos de visita al Vaticano, ya para ese momento, la Plaza de San Pedro empezaba a llenarse de miles de peregrinos que acamparían ahí toda la noche.

Los preparativos en la Capilla Sixtina y alrededores, nos permitieron salir por la puerta que generalmente se mantiene cerrada, y que es justamente por donde unos meses antes todos los cardenales habían hecho ingreso oficial para iniciar el cónclave en el que quedó electo el papa Francisco.

Hicimos el recorrido por la Basílica de San Pedro, que poco a poco se preparaba para ser uno de los principales escenarios de bienvenida a millones de fieles de todo el mundo. Gran emoción llenó nuestros corazones cuando logramos estar cerca de donde reposan los restos de san Juan Pablo y de san Pedro, el primer papa.

Conforme caminábamos de regreso a la estación del tren, parecía que ‘nadábamos contra corriente’, nos topábamos con miles de fieles que estaban dispuestos a pasar la noche en medio de la lluvia, con tal de estar muy cerca del papa Francisco al momento de la canonización de los pontífices.

Nosotros debíamos irnos y volver al día siguiente, porque mi embarazo de casi cuatro meses así lo solicitaba.

 

Llegó el día

A las 5:30 a.m., las alarmas estaban sonando, era hora de levantarse y salir a tomar el tren rápidamente. Era 26 de abril, el día tan esperado por el que habíamos atravesado casi 10 mil kilometros hasta llegar a Roma, sí al fin ese día seríamos testigos presenciales de la canonización de Juan Pablo II.

Como era de esperar, un mar de gente ya se había apoderado de las zonas más cercanas al Vaticano. Cada esquina, cada metro cuadrado estaba tomado por fieles de todas las nacionalidades. Entre nosotros no nos entendíamos, todos hablábamos idiomas diferentes, pero nos movía un mismo sentimiento y eso era suficiente para sentirnos una gran familia.

El papa Francisco elevó a los altares a Juan Pablo II y las lágrimas de todos los presentes no se hicieron esperar. ¡Qué momento único y solemne, qué momento hermoso que terminó de poner un sello profundo en el corazón en nuestra visita a Roma!

 

NOTA AL PIE:

*La presencia de costarricenses en este evento fue relevante, ya que gracias a un milagro ocurrido en suelo tico, se le concedió al Papa polaco la canonización. Por lo que, para ese abril de 2014 cientos de ticos se hicieron sentir en el Vaticano.

 

 

 

 

 

 

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