Con un tierno abrazo el Papa bendice nuestra revista

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EN LA PLAZA DE SAN PEDRO, EL PONTÍFICE RECIBE LAS EDICIONES DE IL MIO PAPA REALIZADAS PARA AMÉRICA CENTRAL, MÉXICO Y REPÚBLICA DOMINICANA


Jazmín Rivera

Lo tenía a escasos metros… Mi cuerpo temblaba, no sé si por la temperatura pues ese día Roma estaba a 12 grados, o si era por los nervios, pero cuando se acercó a mí tan dulcemente, con la sencillez de la que tanto hablan y con esa sonrisa tan expresiva, el temblor se fue…

El frío se convirtió en calor cuando me dio su mano que estaba caliente. Se trataba de él, del papa Francisco, del Santo Padre… Un hombre alto y robusto, al que le desborda la amabilidad, la sencillez y la bondad.

Sonreía, me miraba atentamente, me escuchaba… Y yo trataba de aprovechar cada segundo porque estaba claro que esta era una oportunidad única, especial y de gran bendición.

No importó el bullicio, las cientos de voces que en distintos idiomas le llamaban… En ese momento, el papa Francisco, el mismo Vicario de Cristo, estaba conmigo, atento, escuchando cada una de mis palabras sin quitarme la mirada.

Cuando le entregué las revistas que desde Costa Rica llevaba especialmente para él, me dijo: “Gracias” y bajó su cabeza cerrando levemente los ojos en un gesto de sinceridad. Un gracias que sonó suave y a la vez firme. Él agradeciéndome a mí… Ese es el gran misterio del amor, del amor que enseña Cristo, el que se da y es humilde. Y es que el Papa nos enseña tantísimo.

Le seguí hablando, seguidamente le conté la labor que hacemos y de las ediciones que publicamos en los distintos países de América Central, México y República Dominicana. El Santo Padre, me dijo: “¡Qué bien!”, y otra vez, “¡Gracias!”.

Il Mio Papa no es algo desconocido para él, pues la revista, originalmente en italiano y de la cual nosotros tenemos licencia, él la recibe, la lee y le ha dado su bendición. Bendición que también impartió en marzo pasado al enterarse de que la publicación estaría en nuestros países.

Bendición que selló de manera especial en este encuentro en Roma, cuando antes de irse para saludar a otras personas que ansiosas esperaban por él, le dije: ‘Santo Padre, me regala un abrazo’. Y no lo pensó… Nada lo detuvo; al instante me abrazó, lo abracé y sentí su calidez, su amor y por encima de todo eso me invadió una gran paz… Una inexplicable alegría.

Muchos me han dicho que cómo al estar ahí, frente al Papa, no lloré por la emoción, los nervios, la alegría. Lo cierto es que sí lloré, pero no en ese justo momento, sino cuando fui a retirar las fotos que ahora están aquí (unas horas después del encuentro).

Al estar frente a la computadora, viendo las imágenes, fui consciente del momento que había vivido y de esa mirada y sonrisa del Papa, nuevamente mi pulso empezó a correr veloz y la adrenalina ascendió a niveles que solo había experimentado en una práctica deportiva… Seguidamente los ojos aguados y un gran agradecimiento a Dios, quien siempre cumple los anhelos de nuestro corazón, pero esos milagros se los arrancamos a punta de oración.

El mismo Papa lo dijo hace unos meses: “Los milagros existen, pero es necesario rezar. Con una oración ferviente, insistente, perseverante, no una oración para cumplir”.

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¡Gracias Santo Padre, gracias! No es usted quien tiene que agradecer, soy yo, por todo lo que hace por la Iglesia, por dar su sí, por hablarnos incansablemente del amor, de la familia, del perdón, de la caridad y de la misericordia, especialmente con aquellos que menos tienen. Gracias por renunciar a los lujos y por romper el protocolo, por enseñarnos tanto. Pero sobre todo, gracias papa Francisco por sus gestos, esos que nos conmueven, esos que nos hacen sentirlo verdaderamente pastor, esos que nos han conquistado desde el primer día en que salió al balcón y pidió que rezáramos por usted.

Gracias Santo Padre por ser en sí mismo una encíclica de gestos y darme a mí uno ellos, darme a mí ese abrazo que alcanza a todos los que estamos involucrados en este proyecto, empezando por nuestros lectores.

 

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